— Sabes que me salvaste de una muerte y no me quede contigo por deuda, nunca haría eso. — Siendo honesto, estos temas siempre le costaban y no por expresarse, sino admitir que poseía sentimientos por alguien que antes vio como una figura materna pero que ahora no, la veía como una mujer con quien deseaba pasar el resto de su vida. — Te debo mucho pero si hablo temo esto arruine nuestra vida.
– Lo sé. Sé que te salvé, y no me arrepiento de haberlo hecho. – aclaró a medida que iba desviando la mirada. Decir aquello la hacía ver vulnerable ante el contrario, y no era lo que quería, pues bien sabía que Lowell la leería como un libro abierto. – ¿Por qué crees eso? ¿Es algo muy grave? – sonaba preocupada, pues de un momento a otro, sentía que los latidos de su corazón se ralentizaban al imaginar el sinfín de razones que el contrario quizá tenía para no abandonarla: ¿lástima? ¿deber? ¿emprisionamiento…? No lo sabía. Ni siquiera se le pasó por la mente la posibilidad de que, de alguna manera, sus sentimientos fuesen correspondidos.
Pero la posibilidad era mínima en su mente. No era posible. Algo tan inmoral como eso resultaba imposible.
— ¿Por qué es tema de nuevo? creí no querías hablar más de ello.
– A veces, por mucho que lo intente, esos pensamientos no me dejan tranquila, querido. – respiró profundo, tratando de mantener su compostura y su suave pero dolida sonrisa sobre su rostro. No importaba cuanto dolor sintiera, siempre tendría una sonrisa para Lowell. – Por eso… quiero saber… ¿Sientes que me debes algo? ¿Por eso te quedaste conmigo hasta el día de hoy?
— Para nada. — Le gustaba trabajar para ella, era lo mínimo que podía hacer por salvar su vida y cuidar desde que era pequeño; aunque igual entendía la preocupación contraria y sabía su razón, no culpaba los pensamientos ajenos. Extrañado, Lowell escuchó las palabras ajenas y le daba a entender que todo estaba listo para la hora del té; no quedaba más que sentarse y disfrutar de la tarde. — No estoy cansado, hoy no hubo mucho que hacer y ahora tengo tiempo libre. Así que…¿Disfrutamos del té? te tomaste la decencia de traer dulces y no siempre degustaba del mismo, no siempre se iba por lo dulce y Cassandra siempre le sacaba ese gusto culpable a flote. — ¿Ocurrió algo en el pueblo? Te noto más alegre que de costumbre.
– ¿Ah sí? Pues me alegra que no hayas tenido mucho que hacer, querido, es bueno para tu salud descansar. – acercándose un poco más a él, dio unas afectuosas palmaditas a una de sus mejillas. – Está bien, nada me alegraría más que tomar una taza de té con la persona que más adoro en todo el mundo. – y con esto, se refería a él. Sabía que las palabras que acababa de pronunciar sacarían una que otra reacción tierna del contrario, y no iba a negar que le gustaba verle ruborizado o tratando de desviar su mirada de ella. Era adorable. – No pasó nada particular, simplemente hice bien mi trabajo y me recompensaron por ello. – sonrió radiante mientras tomaba la pequeña tetera frente a ella y servía las tazas de té con delicadeza. Pasar la tarde con él era una de sus actividades favoritas.
– Hihi, me halaga el hecho de que sientas celos, Lowell. Además, tienes una risa muy bonita, por cierto. – su cantarina voz se asemejaba a la de una inocente chiquilla adolescente, etapa por la cual había pasado ya hace muchos siglos, pero que en compañía del contrario volvía a florecer dentro de ella naturalmente. – Pero no te preocupes, nada ni nadie podrá apartarme de ti, querido.
— Terminé tus pedidos, podría darme un descanso. — Le sorprendía un poco su invitación, aunque prefería servir él; prefería que ella descansase, no le gustaba la idea de que ella hiciese todo el trabajo. — ¿Me permites servir el té? Puedes sentarte y esperar.
– ¡Oh! Espero que no haya sido mucho trabajo para ti, querido. – algo que siempre la inquietaba era la manera de trabajar del otro, a veces olvidaba preocuparse por sí mismo, y es por esto que aprovechaba estas instancias para charlar y estar más cerca de él. Quería cuidarlo, después de todo. – Pues, si no estás muy cansado, me encantaría~ Aunque, ya puse las hojas de jazmín dentro de la tetera, debería de estar listo en unos minutos. – le sonrió tiernamente mientras dejaba los panecillos dulces que había traído cuando fue al pueblo, había sido una tarde provechosa, y el panadero de la localidad le estaba tan agradecido que le había obsequiado aquellos dulces. A veces los humanos de ese tipo, y además, Lowell, le hacían olvidar su doloroso pasado con ellos.
— No tenemos ningún evento al cual asistir, además que debes esconder que eres una bruja. — Además, este no solía ser su estilo ni mucho menos acostumbraba a los caprichos contrarios y es por eso que ese repentino “halago” le dejó un poco descolocado. — Sabes que puedes llamarme para lo que sea, pero no entiendo el porqué.
Sin dejar de sonreírle, Cassandra chasqueó sus dedos y encendió el viejo gramófono que solía usar para eventos especiales, el cual empezó a tocar una suave melodía, un vals; y a pesar de que estuviesen sólo los dos, todo momento era especial si estaban juntos, ¿no?
– Si no hay un evento, simplemente podemos crear el nuestro, ¿no crees~? Y lo sé, querido; pero no es algo que me preocupa estando en mi propio hogar. – soltó una pequeña carcajadita al verlo tan ruborizado, y su fuerza de voluntad para ocultarlo lo hacía ver más adorable a sus ojos ¿Quién diría que el muchachito que encontró un día iba a llegar a ser tan apuesto? – Bueno, bueno~ Te diré la verdad, querido; quiero pasar un rato agradable contigo, así que… – se le acercó y colocó una de sus manos en su hombro. – … ¿bailas conmigo, Lowell?
— Señorita Cassandra, ¿Puedo saber el por qué debo estar vestido de esta manera? — Además que el peinado no era su estilo, no entendía nada de lo que estaba sucediendo.
– ¿“Por qué”, preguntas, hmm? – Cassandra se limitó a sonreírle mientras lo observaba con ternura. – ¡Pues porque te ves adorable, querido!